¿Es usted esclavo de la moda? Este artículo puede ayudarle a ver este punto desde otro ángulo

NOS demos cuenta o no, cada vez que decidimos lo que nos vamos a poner, tenemos que atenernos —al menos hasta cierto punto— a lo que dicta la moda. Al fin y al cabo, es ella la que finalmente determina qué se va a vender en las tiendas. Incluso algunas prendas que hoy se consideran comunes y corrientes fueron en su día el último grito de la moda. Por ejemplo, la camisa de vestir masculina y la corbata causaron furor hace más de un siglo, y el suéter femenino se puso en boga en la década de 1920. La industria de la moda se nutre de dos deseos elementales: el de tener cosas nuevas y el de ser aceptado.

A casi todos nos gusta llevar ropa nueva. A veces la compramos por el mero hecho de cambiar, no porque esté gastada la que tenemos. Por otro lado, no queremos sentirnos fuera de lugar; de ahí que adquiramos prendas de un estilo más o menos parecido al de las personas que nos rodean. A lo largo de los siglos, la industria de la confección ha satisfecho —y a veces ha explotado— el deseo de tener cosas nuevas y el de ser aceptado.

Breve historia de la moda

A fin de crear un determinado estilo, los diseñadores se valen de cinco elementos básicos: el color, la forma, la caída, la textura y el equilibrio de la línea (que incluye todos aquellos rasgos de la prenda que embellecen la silueta). Las opciones que ofrecen estos cinco factores a los diseñadores y modistos se han multiplicado a lo largo de los años. En el antiguo Egipto, por ejemplo, se producía lino transparente, un tejido ideal para los climas cálidos y que gozaba de gran popularidad. Como resultaba difícil teñirlo, solía ser blanco, color que obtenían mediante un proceso de blanqueado. Los egipcios hacían pliegues en la tela para crear prendas con agradables drapeados y formas. Así nació uno de los estilos más duraderos de la historia.

Las mujeres de la antigua Roma llevaban estolas

En el siglo primero de la era común ya se disponía de tejidos de distintos tipos y colores. Los romanos acaudalados importaban sedas de la India o de la China, pese a que el transporte encarecía tanto la tela que se vendía al mismo precio que el oro. Otro género muy apreciado era la lana teñida de Tiro, que podía llegar a costar 2.000 denarios el kilo, lo que equivalía al salario de seis años de un trabajador de término medio. Gracias a los nuevos tintes y tejidos, las mujeres romanas adineradas podían llevar estolas —túnicas largas y amplias— de algodón azul de la India o seda amarilla de la China.

Aunque cada cierto tiempo surgían nuevos estilos, antiguamente era fácil que una prenda costosa estuviera de moda toda una vida. Los cambios se producían con lentitud y, por lo general, afectaban solo a la nobleza. Sin embargo, con la llegada de la revolución industrial, la moda empezó a influir también en el modo de vestir del pueblo. Watchtower

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