
Ataban a sus víctimas con cinta adhesiva de tela, los golpeaban y apuntaban a sus cabezas con armas de fuego. Cuando eso no funcionaba, los bandidos les ponían pinzas en sus genitales, o quemaban las plantas de sus pies con hierros candentes. En otras ocasiones, mantenían las cabezas de sus víctimas sumergidas en agua, en una bañera. Una vez la banda tenía conocimiento de la rutina cotidiana de sus potenciales víctimas, usaba patrulleros policiales falsos equipados con luces y sirenas para detenerlas en algún sitio, esposarlas y llevárselas, dijeron las autoridades. Los interrogatorios y las torturas se efectuaban en escondites conocidos como “huecos”.
